En el extenso imaginario que la muñeca Barbie lleva implantando por medio mundo desde hace más de 60 años, hay una constante: el rosa. Esa tonalidad ha impregnado sus vestidos y zapatos, pero también sus accesorios, a los otros muñecos y animales que la han acompañado, sus coches y, cómo no, sus casas, desde autocaravanas hasta mansiones.

La revista estadounidense Architectural Digest, donde tanto ella como la jefa de diseño de producción, Sarah Greenwood, y la decoradora Katie Spencer, charlaban acerca de cómo se dio vida a loe y sus dificultades. Por ejemplo, comentaban algo obvio, pero complejo de traducir a dimensiones humanas: que la casa no tiene paredes ni puertas, que no hay nada oculto.

Entre las amenidades de la rosada residencia hay una piscina con borde rosa —con flotador con forma de B de Barbie— y tobogán en los mismos tonos, un sofá semicircular, una cama con colcha rosa de purpurina sobre una alfombra similar de pelo, armarios como si fueran escaparates con espejos y cajones a juego, ascensor… Todo en busca de un artificio propio de la muñeca. Y en todo ello ese color era una de las claves, era “primordial”, según cuenta la directora. “Quería unos rosas muy brillantes, y todo tenía que ser demasiado. No quería olvidar lo que me hizo amar a Barbie cuando era niña”, reflexiona. Tanto que, como dice literalmente, “el mundo se quedó sin [color] rosa”. Se refería, según la revista, a un tono concreto de rosa fluorescente de Rosco, uno de los principales fabricantes de pinturas internacional muy conocido por sus conexiones con el mundo del cine, puesto que su presencia es habitual en multitud de producciones.

Sin embargo, la revista no iba más allá. Pero el diario Los Angeles Times ha preguntado al respecto a la vicepresidenta global de Rosco, Lauren Proud, que les ha confirmado que, efectivamente, usaron “todas las existencias de pintura”. En concreto, de ese color rosa fosforescente que le dio el tono característico a los objetos de la muñeca.

Según el diario angelino, la distribución del color se complicó no solo por el rodaje, sino también por la covid-19. La cinta se grabó en 2022, y en ese momento la pandemia de coronavirus había provocado una ralentización de la cadena de suministros a nivel global que hacía que los bienes y productos no siempre llegaran con facilidad a su destino final, algo que se complicó especialmente por los confinamientos masivos en China, el gran suministrador del planeta. Además, según ha explicado The Guardian, el clima extremo que afrontó el Estado de Texas en 2021, con históricas e inéditas nevadas en febrero y lluvias torrenciales en agosto del mismo año, “afectó a los materiales fundamentales usados para crear la pintura”, según el diario británico.

La propia Proud ha explicado que, efectivamente, “hubo escasez”. “Entonces les dimos todo lo que pudimos. Nos dejaron sin pintura”, ha dicho la vicepresidenta en los medios con total agradecimiento. Los fans podrán ver la inmensidad de rosa, rosa y más rosa fosforito —aunque ni el tono exacto ni la cantidad han sido desveladas— a partir del 21 de julio en los cines de todo el mundo.

Texto original: El País

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