Por Iker Córtes (Las Provincias)

2 horas y 34 minutos. Hay que remarcarlo. Es lo que dura ‘Indiana Jones y el dial del destino’ (James Mangold, 2023), que el miércoles, 28 de junio, llega a las salas de cine. Y lo cierto es que tantos minutos pesan. De hecho, son el gran lastre de un regreso, por lo demás, notable, que pone un punto y final más que digno a las aventuras del arqueólogo del sombrero y el látigo, y que hace olvidar aquel fiasco que fue ‘Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal’ (Steven Spielberg, 2008), un largometraje del que solo se salvaba una introducción espectacular y fantástica.

Mangold, el director detrás de ‘Logan’, la estupenda y crepuscular cinta sobre Lobezno, se sabe la lección al dedillo y aquí se despacha a gusto con una introducción llena de fuerza, nervio y humor que sitúa al espectador al final de la II Guerra Mundial. El ejército nazi está de retirada, pero en su huida por los Alpes tratan de llevarse todos aquellos objetos de valor que han ido espoliando en cada rincón. Uno de ellos es el que busca un joven Jones, capturado junto a su amigo Basil Shaw, nada más arrancar la función.

El Jones rejuvenecido por obra y magia de los efectos digitales -solo habrá otra secuencia así en el resto de la película- da el pego, salvo por la cavernosa voz que ya gasta Ford, y el resultado impresiona lo bastante como para olvidar, por momentos, que el personaje que vemos en la pantalla no es del todo real. En cambio, cuando la acción se vuelve más compleja, la sensación de realidad se desvanece un poco y la imagen se adentra en el llamado valle inquietante. Pese a todo, en su conjunto, la introducción brilla con fuerza y proporciona las dosis justas de tensión y diversión al espectador, con un Jones saliendo airoso de una soga al cuello, de una bomba, haciendo las veces de chofer de un coronel nazi y subiéndose a un tren en marcha lleno de reliquias y, lo que es peor, nazis, en un entretenida montaña rusa que presenta a quien será ya el villano de la función, el doctor Voller (Mads Mikkelsen), obsesionado con la máquina de Anticitera, cuya mitad Jones finalmente ha recuperado -la otra mitad está en paradero desconocido-.

La acción entonces se traslada a agosto de 1969. Hace años que nuestro héroe no sale a la búsqueda de aventuras. Vive solo, en un apartamento destartalado, y el alcohol con el que toma el café de las mañanas deja claro que no pasa por un buen momento. Sigue dando clases en la facultad, pero está a punto de jubilarse. Sin embargo, la entrada en escena de Helena (Phoebe Waller-Bridge), la hija de su amigo Basil, cambia las cosas. Al parecer, está escribiendo una tesis sobre el artefacto que recuperaron en el tren y necesita ver el dispositivo al que su padre dedicó la vida hasta el final de sus días. Pero no es la única interesada en Anticitera, la máquina que construyó Arquímedes, el doctor Voller, que ha llegado a un acuerdo con EE UU y se ha convertido en el doctor Schmit, el diseñador de los cohetes con los que el ser humano ha llegado a la Luna, también está buscando un dispositivo. Cuando les tiende una trampa, Helena logra escapar y a partir de ahí comienza un tour de force de Jones por recuperar el artefacto que le llevará por ciudades como Tanger, Grecia o Sicilia y en el que se irán decubriendo cuales son las motivaciones de Helena y del doctor Voller.

Imagen principal - 'Indiana Jones y el dial del destino', un regreso notable

‘Indiana Jones y el dial del destino’ no tiene el argumento ni el guion más elaborado ni memorable, aunque sí hace varias cosas bien. Para empezar describe ejemplarmente a un Jones maduro y crepuscular, cansado de tanto ajetreo -lo explicita en alguna ocasión- y de no encontrar su lugar en el mundo, ahora que muchos familiares y amigos se han ido. No pierde tampoco la oportunidad de dibujar en Helena a una inteligente caradura -ojo, no me extrañaría nada que el personaje diera pie a otras películas-, perfecta para dar la réplica al doctor Jones. Y luego está un logro muy difícil pero más intangible: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y David Koepp, guionistas de la entrega junto a Mangold, han conseguido atrapar el característico sentido del humor de la saga sin estridencias. Y sí, hay guiños a otras películas de la franquicia, pero no entorpecen el desarrollo de la cinta y fluyen de forma natural.

No es la única decisión inteligente en el guion. Poner en el centro de la trama a la máquina de Anticitera, un artefacto real que siempre ha suscitado mucho interés entre los arqueólogos al ser considerado un Oopart, que es como se denomina en ingles a los objetos de interés histórico, arqueológico o paleontológico que se encuentran en un contexto muy inusual o aparentemente imposible que podría desafiar la cronología de la historia convencional, es brillante porque introduce en la historia la capa de misterio que siempre ha trufado las cintas del arqueólogo y que mantiene el interés del espectador.

Está claro que Ford no puede correr como antes -calza ya 80 años-, pero eso no significa que ‘Indiana Jones y el dial del destino’ no cuente con estupendas escenas de acción que van desde intensas persecuciones a bordo de tuk tuk, hasta vuelos imposibles a lo desconocido que supuran imaginación, pasando por inmersiones en lo más profundo del océano o peligrosas cuevas. También las hay terribles, como la persecución a caballo durante el desfile de los astronautas del Apollo XI por Nueva York, ya vista en el tráiler, donde el CGI da lástima.

Pese a ello, el resultado final es relativamente equilibrado y permite a la cinta, entre saltos, persecuciones y disparos, reflexionar acerca de la edad, el duelo o de lo difícil que es encontrar un sitio en la sociedad cuando uno ya tiene una edad. Con unas interpretaciones muy destacables -Ford, Waller-Bridge y Mikkelsen están magníficos, pero es que Ethann Isidore, como Teddy, una suerte de Tapón sin aquella odiosa actitud, está perfecto-. Es una pena, pues, que ‘Indiana Jones y el dial del destino’ se haya concebido como una película evento que necesite llegar a las dos horas y media de duración porque una mayor exigencia en la sala de montaje, recortando con esmero las secuencias de acción o alguna que otra escena de transición no tan necesaria, hubieran dado lugar a una cinta mucho más redonda y tensa. Ni con esas se igualaría a la trilogía original -y aquí supongo que entra la nostalgia en juego-, pero estaría bastante más cerca.

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