La productora independiente sigue de cerca los pasos de Blumhouse como referente de cintas de terror

Undertone de Ian Taron, la nueva película de A24, parte de una idea que parece familiar, pero la retuerce hasta hacerla siniestra y atípica. Por lo que la cinta no se limita a mostrar qué ocurre cuando la tecnología detecta lo sobrenatural. También, ¿qué pasa cuando lo amplifica, lo vuelve íntimo, casi invasivo? Sin embargo, la película evita quedarse atrapada en ese concepto. Por lo que, en lugar de construir un discurso lineal sobre dispositivos captando presencias, abre varias líneas de reflexión que se cruzan y se contaminan entre sí. El resultado no es una tesis cerrada, sino una sensación persistente de inquietud que se hace cada vez peor. 

Eso, gracias a la decisión de profundizar en lo que realmente puede producir miedo en una época tecnológica y cínica. Por un lado, Undertone examina ese temor primitivo que aparece cuando no entendemos lo que nos rodea. Ese miedo básico, casi automático, que no necesita explicación para ser real. Por otro lado, el guion intenta ir más lejos y preguntarse qué forma adopta el horror cuando dejamos de pensar en él como algo externo. En ese cruce, la película sugiere algo incómodo: lo inexplicable no llega desde fuera, ya está ahí, latiendo en segundo plano. Solo hace falta el contexto adecuado para notarlo.

El trabajo acústico, liderado por la veterana Shanika Lewis-Waddell, se convierte en el verdadero motor de la experiencia. Por lo que el sonido dentro de Undertone es la estructura misma del relato. Cada ruido, por pequeño que parezca, adquiere un peso específico dentro de la narración y se hace cada vez más aterrador. Algo que provoca que, desde un reloj que marca el tiempo, el crujido que aparece sin contexto, hasta un golpe leve que podría ser cualquier cosa, se transforme en horror. De hecho, la película toma el riesgo de ser mucho más elaborada a nivel inmersivo que visual. Una decisión artística que funciona en buena parte de sus escenas. 

Durante buena parte del metraje, el argumento apuesta por desarrollar la historia tanto a través de lo visible como de lo audible. A veces, incluso más por lo segundo. Hay momentos en los que lo que se escucha contradice lo que se ve, generando una fricción que incomoda. Esa tensión constante obliga al espectador a mantenerse alerta. Aquí no hay descanso fácil, porque siquiera el silencio funciona como refugio. Cuando Evy utiliza sus auriculares, la experiencia cambia de escala. El mundo exterior desaparece y lo que queda es una burbuja sonora donde cualquier detalle se vuelve significativo. Es como si el sonido encontrara la forma de acercarse más, de colarse directamente en la mente.

Para su rarísimo final, Undertone no ofrece explicaciones sencillas. Por lo que prefiere sostener la duda sobre la posibilidad de un fenómeno paranormal y dejar que crezca. Y en ese proceso, construye una experiencia que no depende de sobresaltos evidentes, sino de una inquietud más sutil y persistente. Una que se queda rondando incluso cuando la cinta acaba.

Texto original: Hipertextual

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