Muchas cintas sorprendieron al público en una época donde no existía los efectos por computadora
Hoy damos por sentado que cualquier imposibilidad visual puede resolverse con efectos digitales. Pero en los años 50, cada milagro cinematográfico exigía ingenio, paciencia y soluciones físicas reales. Una de las mayores proezas técnicas de la historia del cine nació así: una secuencia tan ambiciosa que todavía hoy impresiona por su escala, su complejidad y su absoluto desprecio por lo fácil.

En 1956, Los diez mandamientos, dirigida por Cecil B. DeMille y protagonizada por Charlton Heston, llevó el cine épico a un nivel nunca visto. Adaptando el libro del Éxodo, la película narra la historia de Moisés y la liberación del pueblo hebreo, culminando en una de las escenas más recordadas de todos los tiempos: la apertura del Mar Rojo.
En una época sin efectos digitales, representar ese milagro bíblico no solo era complicado: rozaba lo imposible. Sin embargo, DeMille decidió que debía verse real, tangible y monumental.
La secuencia del Mar Rojo fue una auténtica odisea técnica. Según documentación del Science Museum Group, el equipo tardó cerca de seis meses en completarla, con un coste aproximado de un millón de dólares, una cifra descomunal para la época.
Paramount construyó un gigantesco tanque de agua en forma de “U”, capaz de contener unos 1.400.000 litros. El agua se liberaba desde ambos lados mediante 15 válvulas hidráulicas controladas manualmente, creando enormes cascadas que caían hacia el centro. Listones de madera colocados estratégicamente rompían el flujo del agua, generando olas turbulentas y una sensación de caos natural.
El truco definitivo fue tan simple como brillante: la escena se rodó con el agua cayendo hacia el centro y luego se proyectó al revés, dando la ilusión perfecta de que el mar se abría en dos.
El efecto no se limitó al agua. Para integrar a los actores, se utilizó retroproyección y fotografía óptica, combinando imágenes rodadas en Egipto con planos filmados en estudios de Hollywood. El acabado final incluyó rocas pintadas fotograma a fotograma para disimular las uniones entre imágenes reales y manipuladas.
Todo el proceso demuestra hasta qué punto el cine clásico confiaba en la artesanía y la planificación milimétrica para lograr lo imposible.
El esfuerzo tuvo recompensa. Premios Oscar otorgaron a Los diez mandamientos el galardón a Mejores efectos especiales en la ceremonia de 1957, el único premio que ganó esa noche pese a múltiples nominaciones.
Setenta años después, la escena sigue siendo un recordatorio de una época en la que el cine no simulaba milagros: los construía, gota a gota, con agua real y mucha imaginación.
Fuente: Sensacine


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